La sombra del tiempo

La sombra del tiempo

Juan se levantó lentamente del sillón y recorrió el estudio en penumbras, el tenue reflejo tamizado que hasta entonces había entrado por la claraboya iluminando el caballete y el cuadro que estaba en el, daba a la estancia un  agradable ambiente que se confundía con   los tonos patinados de los viejos cuadros  colgados en las paredes y el dorado lomo de los libros, se fue hacia el interruptor  de la lámpara, y al encenderla quedó al descubierto con mas claridad todo el estudio, totalmente atestado de cuadros, la mas preciada  posesión del artista aquella que a lo largo de su vida había ido acumulando para si, negándose en todo momento a ponerlos a la venta sea cual fuese el precio ofrecido por ellos, estanterías  repletas  de libros, una mesa de dibujo totalmente oculta bajo una gran cantidad de apuntes y bocetos, pinceles, barnices y disolventes, marcos, tallas antiguas, figuras de bronce y bustos de escayola, bastidores, y todo ello sobre una valiosa alfombra moruna gastada y manchada de pintura.

En un rincón sobre un mueble cajonero, una colección de cerámica inglesa, abanicos y figuras de porcelana, combinando hasta la perfección estilos y procedencias, en una colección privada y personal y tan ligada a sus gustos estéticos, que el mismo parecía proyectado en la esencia de cada uno de ellos. Gran cantidad de fotos con personajes que en algún momento habían tenido contacto con el artista.

En la pared un espejo antiguo y oxidado, con un viejo marco dorado le devolvió a Juan ligeramente difusa su propia figura. Elegante hasta en la intimidad, con americana  azul marino sobre unos bien cortados pantalones, un pañuelo anudado,  le sobresalía bajo el cuello entreabierto de la camisa, el cabello blanco y largo, muy largo, ligeramente ondulado en la nuca y en las sienes, enmarcadas las cejas con la elegancia de un viejo dandy y que junto con una barba espesa le daba un aire de falsa bohemia, leves ojeras le ensombrecían los palpados de unos ojos oscuros y grandes, que le daban a su cara una viveza que el paso del tiempo no había conseguido amortiguar. Sabía llevar con elegancia cualquier prenda que se pusiera, desde un  traje de exquisito corte para celebrar los mas solemnes acontecimientos sociales, cuando  en reconocimiento a su fama adquirida en el mundo del arte, asistía  a la entrega de premios y menciones, hasta llevar las prendas de mas estar por casa.

Había cumplido Juan ya los sesenta años y se estaba acercando peligrosamente a la edad en la que para muchas personas, comienza a notarse la decadencia, pero esto por el momento no ocurría con el, conservaba  una envidiable figura para su edad.

De nuevo se sentó en el sillón cogiendo  un libro que había en una mesita de laca china que estaba al lado de este, trataba de hacer pasar el tiempo en torno a el y  mas amena la espera hasta que llegara su amigo Rafael que cinco días antes le había anunciado su visita, con motivo de un viaje que había tenido  que hacer a Madrid procedente de su ciudad natal Córdoba.

No había pasado demasiado tiempo cuando el timbre de la puerta anunciaba que su amigo había llegado.

–¡Voy!,…ya voy; gritó Juan.

Se levantó y se fue acercando a la puerta para descorrer el cerrojo y dar paso a Rafael.

En el umbral de la puerta apareció un hombre  que debía tener poco mas de sesenta años, pero a este, al contrario que a Juan si se le notaba el paso del tiempo.

Rafael era muy delgado y de altura media, provisto de una calva prominente y el poco pelo que tenía se lo peinaba hacia atrás, las orejas grandes y la nariz ligeramente aguileña, los ojos profundamente oscuros, se hallaban instalados en el interior de unas cuencas sombreadas por incipientes ojeras producto quizás del viaje, como si contemplara el mundo con desconfianza.

Rafael estaba muy lejos de poseer el aire de inteligencia que se supone indispensable en un hombre de negocios, su apariencia era más bien apática  y desprovista de interés de cuanto se hallaba a su alrededor.

Enfundado en un abrigo azul marino, llevaba un maletín de cuero negro con las iniciales en oro marcadas en un lateral del mismo, lo que le daba a la escena un aire de  seriedad que a  todas luces no correspondía, al mismo tiempo que imprimía a Rafael la sensación de vulgar y nuevo rico posiblemente no advertida por el mismo.

A simple vista se podía apreciar que no tenía el mismo refinamiento.

-Amigo mío, cuanto tiempo sin vernos, dijo Juan alargando la mano en señal de saludo.

-Me alegro mucho de verte, contestó Rafael adelantando el paso hacia su amigo.

Los dos se fundieron en un largo y profundo abrazo, un sincero abrazo fruto de la gran amistad que habían tenido en su niñez- adolescencia y juventud.

– No te digo que no has cambiado por que te mentiría, y los dos hemos cambiado, los dos nos hemos convertido en dos respetables medio ancianos, dijo Juan arrastrando a su amigo hacia el interior cerrando la puerta tras de sí.

– Gracias, igualmente, contestó Rafael.

Lo condujo hasta el salón a través de un largo corredor de techo alto y bellamente artesonado, cuyas paredes contenían una pequeña galería de pintura costumbrista andaluza del siglo XIX. Mientras lo precedía entre los cuadros, volviéndose de vez en cuando hacia el con gesto de atento anfitrión.

Una vez hubieron llegado, Juan  le hizo un gesto ofreciéndole asiento en una butaca de estilo  Imperio tapizado en rica tela de seda para que se pusiera cómodo.

Y bien arrellanados en sendas butacas comenzaron a charlar. Amigos de la infancia, al cabo de largos años volvían  a verse, sentían sed de comunicarse, de charlar sin orden ni medida, al compás de los recuerdos, unos alegres o penosos, a revivir tiempos lejanos en la historia.

Juan y Rafael eran del mismo Córdoba, habían crecido en el mismo barrio,  habían jugado los mismos juegos, las mismas ilusiones y desengaños, habían  padecido una posguerra con toda clase  de privaciones, restricciones y prohibiciones, habían cruzados juntos el difícil salto de la niñez a la pubertad y ahora se encontraban reunidos casualmente.

Juan había alcanzado una reconocida fama como pintor, era lo que se podía llamar un pintor de éxito, su imagen y nombre habían sido portada en infinidad de revistas de lo que se denominaba prensa rosa, sus amores y desamores estaban en boca de todos, eran  sonadas las fiestas a las que era invitado, se le atribuían romances con la mas alta sociedad del país,

Rafael modesto negociante, se hizo rico, muy rico al montar una empresa de fabricación de componentes electrónicos, que a fuerza de trabajo duro, de privaciones extremas había conseguido crear un imperio financiero, que en más de una ocasión pensó que le desbordaba.

-¿Anda cuéntame algo sobre ti, como te ha ido en la vida desde que yo dejé Córdoba, como te van las cosas?

-Sinceramente me han ido muy bien.

– ¡Cuantos años!….

– ¡Si!, y como tu dices ya vamos para viejos.

– ¡ Te has parado a pensar que distinto ha sido el rumbo que han tomado nuestras vidas!.

– Tu has logrado gran fama, en el barrio, los mas viejos te siguen  con verdadera unción, todos se creen en el derecho de haber sido amigos de la infancia.

– Yo fama,  pero tu riqueza, no te quejes que también estoy enterado de tus éxitos financieros.

– ¿Qué, cuando piensas volver?

– Nunca, cortó rudamente Juan……

– ¿Cómo?….. ¡Nunca!, tan malos recuerdos guardas.

– Te equivocas, todo lo contrario, amo tanto y tan profundamente a mi tierra, que quiero guardar viva en mí la visión que de ella tengo, quiero conservarlo y mantener el cariño íntimo e intenso que siempre le tuve.

– Pero  no has hecho nada por ella, teniendo en cuenta la posición que tienes, considero un olvido ingrato.

– Al contrario, con mi forma de pensar, de vivir y de pintar, considero que es un recuerdo continuo.

– Piensa que la ciudad ha progresado, se han construido grandes avenidas, se han acercado los barrios entre si, la vía del tren que partía la ciudad en dos, ha dejado de existir, en su lugar hay una gran paseo para disfrute de los cordobeses.

– Y créeme que lo siento.

– Pero que estas diciendo, que sientes que tu ciudad se ha embellecido, que se ha creado gran riqueza, una riqueza provechosa, que nuestro barrio, aquel barrio de obreros humildes, con sus tiendas de ultramarinos, droguerías, pasamanerías, y panaderías, aquellas que vendían el autentico pan de pueblo, ya no existen, en su lugar se han construido buenos edificios, con pisos de lujo, y han llegado al barrio gentes de otros barrios de Córdoba, gentes de otras ciudades, que aunque trabajadora también,  con su llegada han dado nueva vida al barrio, y tu me dices que todo eso lo sientes…./…. La verdad no te entiendo.

– ¿A que ir entonces?, ese ya no es mi barrio, esa ya no es mi ciudad, la mía, el mío, el de mi infancia, el de mis juegos de niño, mis carreras detrás de la pelota cuando apenas pasaban coches, mi calle tan íntima, tan llana, con su olor pegajoso del asfalto en las calurosas noches de verano, cuando como si fuéramos todos una familia salíamos a  la calle a tomar el fresco, sus noches estrelladas y limpias, tendidos boca arriba viendo como la vida pasa…/….

¡No Rafael!, ese ya no es mi barrio, el mío, el de mis recuerdos, el de mi infancia, lo llevo dentro, muy dentro.

– Se han establecido nuevos comercios, nuevas fábricas y buenas industrias…./….

– Viendo Juan que no podría convencer a Rafael con sus razonamientos, prefirió cambiar el tono de la conversación.

– Cuéntame algo. ¿Dices que ha habido transformaciones?

– Grandes ya te digo, seguro que si fueras no reconocerías los viejos callejones en las calles de ahora, los descampados donde de niño jugábamos, no los reconocerías en los jardines actuales, las casas antiguas se han convertido en edificios luminosos y modernos.

– Dime, aquella tapia ruinosa que cerraba el deposito de RENFE en el paso a nivel que estaba a la entrada del barrio,¿esta todavía ahí?. ¡que impresión  mas honda me producía ¡, en mis sueños la veo todavía, y créeme todavía la quiero, tan en ruinas, cayéndose a trozos, desmantelada, era tan vieja,  ¿no recuerdas?, no me digas que no lo recuerdas, no me digas que no  la hechas de menos, era la última en despedirnos cuando partíamos y la primera que nos salía al encuentro cuando regresábamos, su sola visión nos indicaba que ya estábamos en casa, no digas que no lo recuerdas, que no sientes un poco de emoción al recordarla, era mi mejor amiga.

– ¡Bah! ni escombros existen ya, y posiblemente en muchos ni el recuerdo, hace bastantes años que la derribaron, el solar hoy lo ocupa un gran hotel de lujo.

– Triste ha sido su suerte, siempre la miré con cariño, cuando siendo adolescente iba al centro de la ciudad, al cine o a salir de paseo con los amigos; al retorno a la caída de la tarde, el blanco de su pared ya envejecida brillaba al sol, y de noche la luz de unos de lo faroles que había en una de sus esquinas, se divisaba amorosa y protectora en la distancia, al acercarnos el latido de mi corazón se aceleraba con alborozo.

– A mi siempre me pareció fea, que le daba poca vistosidad y una decadencia al barrio, además siempre amenazaba desplomarse en la acera.

– Cuenta; cuéntame mas, ¿y la huerta chiquita?

– La han convertido barriada de casas obreras, a base de casas prefabricadas, en un intento de erradicar el chabolismo.

– ¡Que lastima!

– Pero tienes que entender que era muy importante la construcción de esta barriada, además ya prácticamente no producía nada.

– ¡No!, si no lo dudo pero llenaba de olores el barrio. No recuerdas las higueras centenarias !cuantos nidos¡ en primavera como cantaban los pájaros, cuando pasaba cerca para ir al colegio, el olor  de las flores  me llenaba como el sol hasta el fondo del alma, desde el camino se embelesaban mis ojos en la policromía del huerto, las rosas pálidas, los rojos claveles, las blancas azucenas, eran un encanto y en las aguas de los pilones las bestias bebían libres y a todo placer.

– ¡Flores!, que dices, tu lo has soñado, allí no producían flores.

– ¡A mi me lo parecía!  ¿Dime y Antonio el de la tienda de ultramarinos?

– Murió hace ya bastantes años, su hijo se quedó con el negocio hasta que una cadena de supermercados se lo compró y hoy en su lugar existe un gran supermercado que abastece a todo el barrio.

– ¿Y don Juan? El  maestro, criticado por unos y admirado por otros, en los que me incluyo, de el aprendí muchas cosas, y una de ellas que sin saberlo de antemano me ha marcado durante toda la vida, y ha sido la constancia en el trabajo, con sus manías de aprenderlo todo como un papagayo.

– Si, en eso tienes razón.

– Pero lo que para otros, posiblemente no le sirvió para nada, a mi me sirvió para hacer la obra que hago; Buscar si tu quieres la perfección o casi perfección, y luchar diariamente hasta conseguir lo que te propongas.

– Si tú lo dices, a mí como para otros muchos no dejó de ser un prepotente y ofendía más de lo que enseñaba.

– No participo de tu pensamiento, pero lo acepto.

– Dime; y mi hermano, ¿Cuántos hijos tiene?

– Ninguno, ¿no te enteraste se ha hecho rico?.

– Lo se, y su triunfo realmente me alegra.

– No se si sabes que se caso con Josefina Teller.

¿Te acuerdas de ella?

– Claro que me acuerdo de ella, y mucho.

– Pero era muy niña cuando te marchaste,

– Precisamente por eso la recuerdo mejor, la veo tal y como si fuera ahora mismo, sus ojos negros y profundos,  su pelo negro y su cara de tez morena resplandecía de una luz interior, que hacía que se la amara con solo mirarla.

– ¡Como te acuerdas!, no me lo imaginaba que hubiera calado tan hondo en ti.

– La última vez que la vi, iba con su madre camino de la Iglesia, piensa que en aquella época nuestra familia era terriblemente pobre, y ella era de las mas ricas del barrio. Por lo tanto no nos tratábamos, Sin embargo cuando nos cruzábamos, siempre me sonreía.

– No tenía yo noticias de eso.

– Mis triunfos en la escuela, por la virtud que se me suponía en el dibujo, me hizo poseedor de unas simpatías por parte de todos, incluso por ella también. El día que me marché, recuerdo que al pasar por delante de su casa tuve la sensación que detrás de las cortinas del balcón aquellos ojos negros que tanto me atraían y que nunca he olvidado me observaban.  Grabada en mi alma he llevado aquella dulce imagen de la niña.

– Pues ahora es tu cuñada, no la reconocerías, además ha engordado cantidad, y peina canas, el pelo negro que a ti te enamoró ya no existe.

-¿Canas ya?

-¡Si hombre!, canas su enfermedad hace envejecer.

– Es feliz.

– A  todas luces se aprecia que sí, Tu hermano a fuerza de trabajo duro, de no saber lo que era el descanso se hizo rico, y una vez rico la pretendió, Era un matrimonio anunciado.

– Buena suerte ha tenido mi hermano.

– Juntas las dos fortunas, Ha ennoblecido a la familia.

– Mis padres, por desgracia murieron antes de ver todo eso, A mí por la fuerza también de mi trabajo me he ennoblecido yo.

– ¿No sientes envidia?

– ¿Envidia de que?

– De  la riqueza de tu hermano. Ha sido práctico y ha puesto sus riquezas al servicio de su propio provecho.

– Yo a la devoción de mis sueños.

– Cierto que tu has adquirido renombre, te has hecho famoso y has salido en infinidad de revistas, estas en boca de todos, pero ¿para que te ha servido todo eso?

– Esa es la mayor fortuna a la que aspiré.

– Tu hermano es de las mayores fortunas prácticamente de la ciudad.

– No; mi hermano posee una fortuna, dineros, casas y terrenos, Yo en cambio poseo el alma de mi lugar nativo, del lugar donde nací. Toda su poesía ha quedado grabada en mi corazón.

– Locuras, eso es una locura.

– Ya ves, ya estoy viejo, y posiblemente un poco loco, sin embargo, al evocar la visión y los recuerdos de mi barrio en la distancia y en la lejanía del tiempo, en ese instante me vuelvo a sentir niño.

– No me convencerás.

– No trato de convencerte. Amo todo aquello que amé cuando era niño con ternura, y lo amo  con total intensidad. Mi  ciudad, mi barrio, ese barrio ideal  que yo conocí y que lo llevo dentro de mi alma, ese que con vuestro más creído progreso, no lo habéis destruido, ni lo habéis transformado. El vuestro el que vosotros con vuestras fábricas, grandes tiendas y bloques de pisos, el de vuestras riquezas, ese es otro.

Tomó saliva, respiró por un momento, para continuar.

-Mi amor primero;  el que me inspiró  sin saberlo y sin conocerlo, una niña bonita de grandes ojos negros y pelo moreno, ese, vive en lo mas hondo de mi ser, y vive con  la frescura de la emociones infantiles, esa no me la habéis cambiado, a esa niña que ya mujer no la conoce nadie, nada mas que yo. Nadie la ha amado como yo, y que importa que no la pueda llamar así, si con su recuerdo vivo y me basta.

– Chico, tu estas delirando.

– Te equivocas; estoy viviendo plenamente mi vida.

– ¡Bah! Todo ese romanticismo enfermizo tiene que ser malo, no te puede llevar a nada importante, a ningún sitio. Creo que debes volver a tu casa, a tu barrio a curarte, si es que estas enfermo.

– ¡No! Allí no habéis dejado nada para mí.

– Tienes tu casa, la casa de tus padres, que tu hermano la compró hace tiempo y pensando en posible regreso por tu parte la adecentó, tienes la suya y también tienes la mía.

-Nada; allí no tengo nada mío, ¡Ah si!, si tengo algo mío, algo que no habéis podido derribar, ni vender, ni transformar. Tengo el cielo limpio y estrellado de las noches de verano, tengo  sol y sobre todo tengo mis recuerdos.

Los dos callaron y se miraron silenciosos.